lunes, 27 de octubre de 2014

Extinta.

Quise extinguirme. Es cierto, lo aseguro. Quise desaparecer porque era cierto, era el fin de todo... nuestros sueños, nuestros esfuerzos, nuestras palabras, las confidencias, las risas, los abrazos, las lágrimas, todo. Todo al caño. Todo desapareció.
Ya no era nada. Nada de lo que recordabas, nada de lo que querías. 
Una explosión, y todo, fue añicos. Lloviendo entonces, partes diminutas, como papel picado, aquello que habíamos dado. Mi mundo se cubrió, espeso, y quise tirarme sobre esa lluvia de papel, quise buscar el suelo, ese que con pies descalzos nos gustaba andar, y ahora no encontraba.
Recostada sobre un colchón de historias destrozadas, nuestras (tanto tuyas como mías) algo más fuerte, filoso y veloz me atravesó. 
Un cuerpo desangrándose...  sangre, oscura, tiñéndolo todo, abandonándome por completo. Allí donde tu abrazo más sincero pudo cicatrizar el surco más inmenso, el frío hizo de lo suyo, y comenzó a penetrarme profundamente.
Viva aún, convulsionando sobre el mundo que se desarmaba al rededor, te esperé, cada vez más fría, hasta en los momentos más agónicos.
Y no llegaste. Ya no estabas. Ya no importaba, el frío también carcomió tu ser... 
Morí, en un mundo inexistente, lejos de tu fiel calor, que hacía tiempo, se había alejado de mí.