Me senté ahí, a esperarla. Hacía días que quería escaparme con ella, agotada ya de tanto andar.
"Te necesito" exhalé desde lo más profundo de mí.
Por ahí, pensaba que ella me salvaría de todas las cosas que no pude hacer. O que no quise.
Tenía esa necesidad en el cuerpo de sentir otra vez su frescura. El alma ardida y el cerebro inflamado.
La gente pasaba y me decía "¡qué calor, eh!", yo sólo sonreía y asentía con la cabeza.
Sí, hacía calor. Mucho.
Pero no perdía las esperanzas, aunque me quemara el cuerpo, de que vendría.
Amanecía cada día pensando "hoy es el día" y soportaba todo lo posible, hasta el final del día cuando la realidad golpeaba mi cuerpo y me desparramaba sobre la cama; no había sucedido.
¿Por qué? sufría en soledad.
¿Por qué? no dejaba de preguntarme.
¡La necesitaba tanto! Si Dios existe, sabe todo lo que la necesitaba, todo lo que la merecía.
Pero ese día estaba segura, ella llegaría.
Me senté en la vereda, con los pies cruzados debajo de mis muslos, y cantando por dentro una canción vieja, pero no tanto, la esperé.
El cielo parecía quejarse de tanto que la estuve aclamando, y repentinamente comenzó a cerrarse sobre mí. Y todavía escabullido el Sol entre tanta nube, no aguantó más y se rindió a caer.
¡Bendita lluvia!
¡No podía esperarte más!
Sonreí entonces, por sentir mi cuerpo respirar de nuevo, como si me hubieran sacado un peso del pecho.
Alguien gritaba "Lucía, metete dentro!" pero lo ignoré, no me importaba nada.
La lluvia lavaba mis pensamientos, mis tristezas, mis vergüenzas, mis enojos. Todo lo malo se lo llevó.
Un poco de lluvia siempre viene bien, aunque sea para escaparme un rato en sus gotas frías.
"Te necesito" exhalé desde lo más profundo de mí.
Por ahí, pensaba que ella me salvaría de todas las cosas que no pude hacer. O que no quise.
Tenía esa necesidad en el cuerpo de sentir otra vez su frescura. El alma ardida y el cerebro inflamado.
La gente pasaba y me decía "¡qué calor, eh!", yo sólo sonreía y asentía con la cabeza.
Sí, hacía calor. Mucho.
Pero no perdía las esperanzas, aunque me quemara el cuerpo, de que vendría.
Amanecía cada día pensando "hoy es el día" y soportaba todo lo posible, hasta el final del día cuando la realidad golpeaba mi cuerpo y me desparramaba sobre la cama; no había sucedido.
¿Por qué? sufría en soledad.
¿Por qué? no dejaba de preguntarme.
¡La necesitaba tanto! Si Dios existe, sabe todo lo que la necesitaba, todo lo que la merecía.
Pero ese día estaba segura, ella llegaría.
Me senté en la vereda, con los pies cruzados debajo de mis muslos, y cantando por dentro una canción vieja, pero no tanto, la esperé.
El cielo parecía quejarse de tanto que la estuve aclamando, y repentinamente comenzó a cerrarse sobre mí. Y todavía escabullido el Sol entre tanta nube, no aguantó más y se rindió a caer.
¡Bendita lluvia!
¡No podía esperarte más!
Sonreí entonces, por sentir mi cuerpo respirar de nuevo, como si me hubieran sacado un peso del pecho.
Alguien gritaba "Lucía, metete dentro!" pero lo ignoré, no me importaba nada.
La lluvia lavaba mis pensamientos, mis tristezas, mis vergüenzas, mis enojos. Todo lo malo se lo llevó.
Un poco de lluvia siempre viene bien, aunque sea para escaparme un rato en sus gotas frías.