jueves, 23 de febrero de 2017

Esperando.

Me senté ahí, a esperarla. Hacía días que quería escaparme con ella, agotada ya de tanto andar.
"Te necesito" exhalé desde lo más profundo de mí.
Por ahí, pensaba que ella me salvaría de todas las cosas que no pude hacer. O que no quise. 
Tenía esa necesidad en el cuerpo de sentir otra vez su frescura. El alma ardida y el cerebro inflamado. 
La gente pasaba y me decía "¡qué calor, eh!", yo sólo sonreía y asentía con la cabeza.
Sí, hacía calor. Mucho. 
Pero no perdía las esperanzas, aunque me quemara el cuerpo, de que vendría.
Amanecía cada día pensando "hoy es el día" y soportaba todo lo posible, hasta el final del día cuando la realidad golpeaba mi cuerpo y me desparramaba sobre la cama; no había sucedido. 
¿Por qué? sufría en soledad. 
¿Por qué? no dejaba de preguntarme.
¡La necesitaba tanto! Si Dios existe, sabe todo lo que la necesitaba, todo lo que la merecía.
Pero ese día estaba segura, ella llegaría.
Me senté en la vereda, con los pies cruzados debajo de mis muslos, y cantando por dentro una canción vieja, pero no tanto, la esperé.
El cielo parecía quejarse de tanto que la estuve aclamando, y repentinamente comenzó a cerrarse sobre mí. Y todavía escabullido el Sol entre tanta nube, no aguantó más y se rindió a caer.
¡Bendita lluvia!
¡No podía esperarte más!
Sonreí entonces, por sentir mi cuerpo respirar de nuevo, como si me hubieran sacado un peso del pecho. 
Alguien gritaba "Lucía, metete dentro!" pero lo ignoré, no me importaba nada. 
La lluvia lavaba mis pensamientos, mis tristezas, mis vergüenzas, mis enojos. Todo lo malo se lo llevó.
Un poco de lluvia siempre viene bien, aunque sea para escaparme un rato en sus gotas frías.

lunes, 25 de abril de 2016

Témpano de hielo.

No hay nada mas que nosotros mismos separándonos en el lugar. Sí, exacto. Somos nosotros que aplicamos nuestras propias distancias para mantenernos fuera del alcance del otro, del roce del otro.
Excusas y más excusas cuando lo único que necesitamos es abrazarnos, engarzarnos como diamantes a sus anillos, sin espacios, en silencio.
Lo único que quiero es amarte, porque si no lo hago una parte de mi ser, se oxida y olvida como hacerlo; con inocencia como a vos te gusta, con detalles arriesgados como me encantan a mí. Porque si no lo hacemos, si no nos animamos a cruzar este témpano de hielo que, sin mirar, sin querer sentirlo, fuimos construyendo y hoy es un glaciar sólido, nos perderemos lejos de las propias manos que lograron levantarnos cuando estuvimos derrumbados, cuando estuvimos destruidos.
No permitamos que nuestros miedos nos quiten lo mas importante. Porque el amor es eso, lo es todo y todo lo puede. Así que acá estoy, con mi miedo a las alturas, trepando crédulamente este puente de hielo que nos divide, con el cuerpo enfriándose, ¿me dejarías llegar hasta vos?

miércoles, 18 de noviembre de 2015

- Desamor.

No hagas silencio; al menos no ese silencio rotundo y aniquilador que atraviesan estómagos y se anudan con nudos marineros, de esos nudos que sólo se desarman con gritos t lágrimas.
No me mires con esos ojos, tan vacíos; como si por dentro nada viviera, nada sintieras.
No me mires con indiferencia, con la mente lejos y el corazón despojado de amor.
No me toques si en tus la no sólo hay espinas y únicamente logras hacerme sangrar y huir de tus caricias.
No me hables si tus palabras no son sinceras, si escupes veneno cuando dices 'te amo', si pretendes ahogarme en tu mar de oraciones oxidadas en vez de dejarme flotar armoniosamente sobre el mar de tus emociones más dulces.
No quiero que me ames asi. No.
Porque prefiero mil veces vivir viendote feliz en la lejanía, a que me quemes con tu mal fuego y tu desamor al alcance de mis manos.

viernes, 11 de septiembre de 2015

Me AMA!

Me había enamorado de una traidora. Su corazón era imparcialmente mío, sus labios, no tenían recovecos inexplorados. Así era mi forma de verla.
Impaciente, mi pie golpea contra el suelo si se retrasa un minuto más de lo pactado en llegar. 
Impaciente mi mente comienza a recontar cada historia contada entre risas, cuando aún no ocupaba gran espacio en mi vida, ni yo en la suya...bah, creo que sigo ocupando el mismo sitio.
Insoportable, recuerdo los nombres de aquellas personas que la exploraron por primera vez y que de seguro ella confunde. Pienso si algo del pasado la retuvo y por eso es impuntual.
No, me ama. ES SEGURO. ME AMA. Respiro, el aire llega de nuevo a la cabeza. 
Llega de punta en blanco, y para mi sorpresa veo purpurina en sus pupilas. Son dos astros que como el sol, hacen dar vida a este cuerpo. ¿Cómo puedo dudar de ella si no hay duda que la luz se enciende en ambos sólo al reflejarnos el uno en el otro?¿Cómo dudar de esa sonrisa implacable que alivia la impaciencia mas perspicaz? Su sonrisa imperfecta era un baldazo de paz en bajando por cada centímetro de mi espalda.
Me ama. Eso es certero. 
Impaciencia, eso siento. Pero cuando toco sus manos, sé que aunque no tenga paraísos sin descubrir, en su alma mi huella es la primera.
Me había enamorado de una traidora, que me entregó su corazón, imparcial e incompleto, emparchado y soñador. Que, quizás sus labios fueron mordidos por otras pasiones, pero que los míos grabaron a fuego sin más.
¿He dicho traidora? Lo cierto es que me ama.

miércoles, 2 de septiembre de 2015

Danza de flores.-

Todos a su alrededor danzábamos. Todos en un círculo de gloria, bailábamos en torno a su cuerpo. 
No era primavera pero de igual forma flores lo abrazaban con su mas reciente frescura. En un intercambio de quienes nacen y quienes mueren, por ley natural, sus pétalos tibios simulaban devolverlo a la vida mientras coronaban su partida. Aún tardaba en llegar la primavera y el invierno quiso llevarse otra alma en su frío concluir. 
Los recuerdos, espiralados, lo sumían en sus últimas exhalaciones, en un profundo recordar de soles vistos y vientos soportados, de caos y placeres. Lo llenaban por última vez, de paz y satisfacción antes de vaciarlo por completo. De apagarlo para siempre.
Su luz de a poco iba reduciendo, y dejamos de danzar para sumirnos en silencio de gusto amargo, para respetar con esa misma intensidad con la que se repudia a la muerte que todo lo quita y que todo lo hace nostalgia, el final que tanto se teme y que tanto postergamos.
Ahora su cuerpo era mármol frío y tieso, y de a poco las flores fueron cubriéndolo, protegiéndolo de otra salida de aquel febo que no apreciaría. 
Sentada en sus pies, susurro canciones para despedirme, y ya no danzo. Sólo canto. Sólo miro hacia arriba, en un ámbito oscuro, solitario. Me despido, con la dulzura de una balada, triste, pero sincera, como quien sabe que esas despedidas son necesarias pero no eternas, de compañeros inolvidables, de compañías que dejan huellas... y las flores siguen cubriendo tu piel impenetrable.
Ya no hay danzas, ni círculos de gloria. La gloria es tu nombre y tu paz  que encontraste caminando con el invierno por algún sendero soleado.

lunes, 3 de agosto de 2015

El principio y el fin.

Fue una noche oscura de invierno. El invierno no me sacudía de los huesos, pero en la piel podía sentir que algo  de frío me acariciaba. Quizás por eso quise contemplar la noche estrellada, quizás porque tenía los huesos libres de ataduras.
Me senté en una vereda cualquiera, la gente pasaba caminando con sus pasos trémulos, por aquellas calles que demandan caminarlas suaves y lentas. Me miraban al pasar, eran ráfagas de pupilas sigilosas que se posaban un instante en mí, contemplando las estrellas, sus pasos, las luces, el invierno. Y entonces la vi.
Caminaba a destiempo entre tanto temblor de paso breve y acelerado. Se mecía por la calle, cual hoja atrapada por remolino de viento, como si quisiera robarle el azul profundo al cielo.
Sabía que sus ojos risueños no pertenecían a nadie. Porque así son esas personas, aquellas que se dejan llevar por el aire, como queriendo arrebatarlo todo, sólo para saber como se siente, y luego devolverlo todo a su lugar, sintiéndose mágicos para siempre por haberle sacado un poco de su fuego al sol,  o la calma al mar del verano.
Ella no era de nadie, siquiera de ella misma. Era de su propio latir, de su propia pasión.
La amé. 
Desde aquel instante que la vi supe que la amaba. También supe que era fugaz, que eso era todo, el principio y el fin.
Un rubor le acaloraba las mejillas, y ahí envidié al mismo frío por poder rozar sus mejillas. 
Y entonces sucedió. No fui consciente de cuanto tiempo exacto me perdí en su danza de viento, ni cuanto tiempo abandoné mi admiración por las estrellas. Sus ojos se cruzaron con los míos y no fue una simple mirada. Me anclé a sus ojos, y fue evidente que su hermosura lo supo. Sacudió su mano y fui condescendiente al saludarla de la misma forma. Quise hablarle, pero siguió tratando de alcanzar la luna, en su ráfaga de viento.

miércoles, 8 de julio de 2015

Un jazmín ya no es lo mismo.

No podría decirte que he dejado de amarlo, porque el amor no es una elección ni una obligación, sino algo que va subiendo por el cuerpo como una planta de ramas envolventes, es un olor que de repente te hace necesitar a aquél que dejaba un huequito en la almohada, es un papel con la letra conocida que te pega como un golpe en el estómago.
Lo extraño.
Sin proponérmelo, su recuerdo me inunda.
Estoy pensando en cualquier cosa, y él ocupa mi pensamiento, se apodera de todas las imágenes, hace con ellas bollos de papel y las arroja al cesto.
Cada uno de mis sentidos lo necesita vivo.
Mi vista quiere verlo llegando por la calle, doblando la esquina con su paso seguir, su camisa impecable, su corbata refinada, sus zapatos lustrados, tan totalmente reconocible entre toda la gente, tan él, tan esperado a las siete de la tarde.
Mi oído quiere escuchar su voz.
No importa lo que diga. Su voz. Ese sonido que lo identificaba, que era el envoltorio y la médula de sus palabras, las de la suavidad y la de los enojos, las de los largos discursos aburridos y las de la gracia que me arrancaban la risa.
Mi gusto quiere la tenue sal de su piel. Y toda aquella gama infinita del sabor de las comidas que le gustaban: compartir una cena con velas en la mesa, un almuerzo bajo el sol, las pequeñas magias qye conseguía con una pizca de pimienta y un pollo asado con paciencia sobre las brasas: "Nunca vas a comer un pollo igual, porque yo le pongo un ingrediente único, le pongo amor."
¡Oh, Dios mío, él me hace falta en todas partes! Hasta en el hambre me hace falta, porque desde que no está no he vuelto a sentir hambre, aunque pase días sin comer.
Nada sea lo mismo ahora.
Un jazmín no es lo mismo.
Que me perdonen los jazmines, pero qué caso tienen los jazmines, si los cortan mis manos, no las de él.
Tengo la casa llena de floreritos con jazmines que parecen luceros, y sin embargo no me hacen esbozar una sonrisa.
Él les ponía el alma, que les falta.
Dirás que tengo que resignarme, que debo acostumbrarme, que tengo la obligación de la esperanza, que no soy la única persona que ha perdido el amor, la compañía, la pareja querida...Dirás que no puedo darme por vencida, que debo encontrar fuerzas para no estar vacía como una casa en venta, que se descascara.
Sé que tu amistad me acompaña.
Sé que lo deseas por mi bien.
Te creo.
Pero no puedo.
Lo intento. Lo intento. Trato...
Pero nada me entusiasma de verdad.
Nada me interesa verdaderamente.
Nada me importa del todo.
Me canso, me distraigo, me quedo con la mirada perdida, mirando sin ver...Y cuando me hablan, no oigo la frase entera... a veces apenas si el comienzo o el final...y respondo con monosílabos, sin saber qué estoy diciendo en realidad, a qué le digo "sí", a qué le digo "bien", a qué le digo "no".
Mi situación es difícil.
No puedo cansar a la gente llorando en su presencia, porque la gente se asusta muy rápido del dolor y la tragedia.
Se asusta de las mismas confidencias, iguales, repetidas.
Se asusta de alguien que no tiene ganas.
Se aterroriza de verse en un espejo oscuro, como es, todavía, el espejo de mi corazón: un cuarto de negras paredes, sin eco, sin una pequeñísima lamparita.
Por eso llamo a mis amigos.
Y cuando los llamo o cuando me llaman, no me pongo a gritarles que lo extraño, que no puedo más, que vengan, que estoy sola y que si sigo tan sola me convertiré en una piedra del desierto, en una islita que el agua del océano hará desaparecer...
Ellos tienen sus propios problemas, y me da miedo cargarles los míos.
Los amo. Amo a mis amigos y me cuido muy bien de no entristecerlos.
Si mis amigos se ponen tristes, no tendré ya ni un laguito de donde sacar unas gotitas del agua dulce de la alegría.
Una salpicadura cada tanto, como esos jueguitos infantiles del carnaval...
Mis amigos...Claro que los amo.
Son lo único vivo que me pasa.
Son mi elección.
Ellos también me han elegido entre muchísima gente.
Nos ha acercado Dios.
Y los quiero: cerca.
Los pocos que no huyeron. Los pocos que me tuvieron tomada de la mano para que no me hundiera.
Cálidas manos vivas que me mantienen vigente mi contacto con la vida.
Cuánto les agradezco. Y cuánto miedo tengo de que mi verdadero rostro de pesar los aleje.
Por eso te lo digo a vos, en vez de confesarme con ellos.
Te digo que no dejé de amarlo.
Que el amor no se entierra con los muertos.
Que el amor continúa como el agua y el aire.
Que el amor no se cansa, no se rinde su plaza, no depone las armas, no se resigna, no palidece, es una copa llena.
Bebo de esa copa. Pero bebo sola. No brindo.
Bailo con un recuerdo.
Hablo con un recuerdo.
Hablo y me contesto con las palabras que él hubiera dicho para responderme.
Tecleo mi máquina de escribir. Invento historias de amor.
Por un ratito soy la protagonista de cosas bellas, pero pasan las horas y vuelvo a los interrogantes, a las dudas, a las indecisiones.
Se me sale el camino debajo de los pies.
Se me muere el sol.
Se silencia la música.
Se apaga la llama.
Se secan las hojitas nuevas que parecían comenzar a brotar.
No hay playa.
No hay puerto.
No hay barco.
No hay mar.
Y no hay sueño que me haga dormir, ni canción que me acune, ni bebida que apague mi sed. Y no hay pan, ni azúcar, ni luna. Nada hay que me conforme, que me ayude, que me ampare.
Lo extraño.
A vos te digo que lo extraño.
A vos te pido que reces conmigo para que Dios se apiade y le dé un poquito de paz a mi alma.
Que reces conmigo para que los jazmines dejen de ser flores de papel blanco en los floreros de mi casa. Y uno, aunque sea uno, perfume mi corazón.

Poldy Bird.