viernes, 11 de septiembre de 2015

Me AMA!

Me había enamorado de una traidora. Su corazón era imparcialmente mío, sus labios, no tenían recovecos inexplorados. Así era mi forma de verla.
Impaciente, mi pie golpea contra el suelo si se retrasa un minuto más de lo pactado en llegar. 
Impaciente mi mente comienza a recontar cada historia contada entre risas, cuando aún no ocupaba gran espacio en mi vida, ni yo en la suya...bah, creo que sigo ocupando el mismo sitio.
Insoportable, recuerdo los nombres de aquellas personas que la exploraron por primera vez y que de seguro ella confunde. Pienso si algo del pasado la retuvo y por eso es impuntual.
No, me ama. ES SEGURO. ME AMA. Respiro, el aire llega de nuevo a la cabeza. 
Llega de punta en blanco, y para mi sorpresa veo purpurina en sus pupilas. Son dos astros que como el sol, hacen dar vida a este cuerpo. ¿Cómo puedo dudar de ella si no hay duda que la luz se enciende en ambos sólo al reflejarnos el uno en el otro?¿Cómo dudar de esa sonrisa implacable que alivia la impaciencia mas perspicaz? Su sonrisa imperfecta era un baldazo de paz en bajando por cada centímetro de mi espalda.
Me ama. Eso es certero. 
Impaciencia, eso siento. Pero cuando toco sus manos, sé que aunque no tenga paraísos sin descubrir, en su alma mi huella es la primera.
Me había enamorado de una traidora, que me entregó su corazón, imparcial e incompleto, emparchado y soñador. Que, quizás sus labios fueron mordidos por otras pasiones, pero que los míos grabaron a fuego sin más.
¿He dicho traidora? Lo cierto es que me ama.

miércoles, 2 de septiembre de 2015

Danza de flores.-

Todos a su alrededor danzábamos. Todos en un círculo de gloria, bailábamos en torno a su cuerpo. 
No era primavera pero de igual forma flores lo abrazaban con su mas reciente frescura. En un intercambio de quienes nacen y quienes mueren, por ley natural, sus pétalos tibios simulaban devolverlo a la vida mientras coronaban su partida. Aún tardaba en llegar la primavera y el invierno quiso llevarse otra alma en su frío concluir. 
Los recuerdos, espiralados, lo sumían en sus últimas exhalaciones, en un profundo recordar de soles vistos y vientos soportados, de caos y placeres. Lo llenaban por última vez, de paz y satisfacción antes de vaciarlo por completo. De apagarlo para siempre.
Su luz de a poco iba reduciendo, y dejamos de danzar para sumirnos en silencio de gusto amargo, para respetar con esa misma intensidad con la que se repudia a la muerte que todo lo quita y que todo lo hace nostalgia, el final que tanto se teme y que tanto postergamos.
Ahora su cuerpo era mármol frío y tieso, y de a poco las flores fueron cubriéndolo, protegiéndolo de otra salida de aquel febo que no apreciaría. 
Sentada en sus pies, susurro canciones para despedirme, y ya no danzo. Sólo canto. Sólo miro hacia arriba, en un ámbito oscuro, solitario. Me despido, con la dulzura de una balada, triste, pero sincera, como quien sabe que esas despedidas son necesarias pero no eternas, de compañeros inolvidables, de compañías que dejan huellas... y las flores siguen cubriendo tu piel impenetrable.
Ya no hay danzas, ni círculos de gloria. La gloria es tu nombre y tu paz  que encontraste caminando con el invierno por algún sendero soleado.