Todos a su alrededor danzábamos. Todos en un círculo de gloria, bailábamos en torno a su cuerpo.
No era primavera pero de igual forma flores lo abrazaban con su mas reciente frescura. En un intercambio de quienes nacen y quienes mueren, por ley natural, sus pétalos tibios simulaban devolverlo a la vida mientras coronaban su partida. Aún tardaba en llegar la primavera y el invierno quiso llevarse otra alma en su frío concluir.
Los recuerdos, espiralados, lo sumían en sus últimas exhalaciones, en un profundo recordar de soles vistos y vientos soportados, de caos y placeres. Lo llenaban por última vez, de paz y satisfacción antes de vaciarlo por completo. De apagarlo para siempre.
Su luz de a poco iba reduciendo, y dejamos de danzar para sumirnos en silencio de gusto amargo, para respetar con esa misma intensidad con la que se repudia a la muerte que todo lo quita y que todo lo hace nostalgia, el final que tanto se teme y que tanto postergamos.
Ahora su cuerpo era mármol frío y tieso, y de a poco las flores fueron cubriéndolo, protegiéndolo de otra salida de aquel febo que no apreciaría.
Sentada en sus pies, susurro canciones para despedirme, y ya no danzo. Sólo canto. Sólo miro hacia arriba, en un ámbito oscuro, solitario. Me despido, con la dulzura de una balada, triste, pero sincera, como quien sabe que esas despedidas son necesarias pero no eternas, de compañeros inolvidables, de compañías que dejan huellas... y las flores siguen cubriendo tu piel impenetrable.
Ya no hay danzas, ni círculos de gloria. La gloria es tu nombre y tu paz que encontraste caminando con el invierno por algún sendero soleado.
No era primavera pero de igual forma flores lo abrazaban con su mas reciente frescura. En un intercambio de quienes nacen y quienes mueren, por ley natural, sus pétalos tibios simulaban devolverlo a la vida mientras coronaban su partida. Aún tardaba en llegar la primavera y el invierno quiso llevarse otra alma en su frío concluir.
Los recuerdos, espiralados, lo sumían en sus últimas exhalaciones, en un profundo recordar de soles vistos y vientos soportados, de caos y placeres. Lo llenaban por última vez, de paz y satisfacción antes de vaciarlo por completo. De apagarlo para siempre.
Su luz de a poco iba reduciendo, y dejamos de danzar para sumirnos en silencio de gusto amargo, para respetar con esa misma intensidad con la que se repudia a la muerte que todo lo quita y que todo lo hace nostalgia, el final que tanto se teme y que tanto postergamos.
Ahora su cuerpo era mármol frío y tieso, y de a poco las flores fueron cubriéndolo, protegiéndolo de otra salida de aquel febo que no apreciaría.
Sentada en sus pies, susurro canciones para despedirme, y ya no danzo. Sólo canto. Sólo miro hacia arriba, en un ámbito oscuro, solitario. Me despido, con la dulzura de una balada, triste, pero sincera, como quien sabe que esas despedidas son necesarias pero no eternas, de compañeros inolvidables, de compañías que dejan huellas... y las flores siguen cubriendo tu piel impenetrable.
Ya no hay danzas, ni círculos de gloria. La gloria es tu nombre y tu paz que encontraste caminando con el invierno por algún sendero soleado.
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