Su mano posaba trémula en mis caderas desnudas. Sentía el peso allí, ese peso amorfo pero cariñoso, de piel sudada y fría; su cuerpo relajado al fin, suspirando resonante sobre mi nunca.
El sueño no me atrapaba aún y no lograba escabullirme de ese brazo que me atrapaba. Elevé la vista y por la ventana logré ver la noche, recién salida, reluciente, alunizada, esplendorosa...increíble. Era magnifica y lejana, era todo lo que siempre quise ser y no lograba. Era por lo que luchaba mi ser, lo que gritaba por dentro.
Su mano me sostuvo con mas fuerza tras un lento exhalo de alma que dejé escapar. Tuve que mirarlo porque no lo creía. Ya no sonreía de manera pícara, su cara plasmaba niñez y ternura; ya no era ese hombre masculino, poderoso que momentos antes había posado sobre mí su expresión máxima de masculinidad, su voraz amor, intenso, un tanto rudo pero cuidadoso...ya no era ése, quien me había tomado en sus brazos y había arrastrádome hacia el infierno con deliciosa lujuria. No. Había cambiado. Su expresión era un tanto aniñada, dulce. Sus ojos cerrados me inspiraban amor, alineados con sus labios. Su cuerpo en posición fetal, me invitaba a acariciarlo, pero él no resistía las cosquillas que provocaban mis dedos. Ese cuerpo, tan grande, tan pequeño. Tan preciosamente recostado, sujetándome la cintura ahora, como si miedo tuviera, ese hombre que ahora es niño y no lo sabe, ese hombre que me ama y lo grita al mundo. Ese ser, que pareciera ser diferente en horas distintas...ése, es a quien amo. No me resisto, su frente me invita a surcar un beso, suave, lento...cierro los ojos, los aprieto con gran fuerza...me recuesto nuevamente y choco con sus pupilas.
Está despierto, (o eso creo) suspira una palabra bonita mientras se acurruca sobre mi minúsculo pecho. Siento su calor, su boca me besa, justo donde llega, en algún centímetro de piel.
Y entonces veo que brillo, estoy llena de estrellas. Al fin el grito se hizo carne, soy noche junto a él.
El sueño no me atrapaba aún y no lograba escabullirme de ese brazo que me atrapaba. Elevé la vista y por la ventana logré ver la noche, recién salida, reluciente, alunizada, esplendorosa...increíble. Era magnifica y lejana, era todo lo que siempre quise ser y no lograba. Era por lo que luchaba mi ser, lo que gritaba por dentro.
Su mano me sostuvo con mas fuerza tras un lento exhalo de alma que dejé escapar. Tuve que mirarlo porque no lo creía. Ya no sonreía de manera pícara, su cara plasmaba niñez y ternura; ya no era ese hombre masculino, poderoso que momentos antes había posado sobre mí su expresión máxima de masculinidad, su voraz amor, intenso, un tanto rudo pero cuidadoso...ya no era ése, quien me había tomado en sus brazos y había arrastrádome hacia el infierno con deliciosa lujuria. No. Había cambiado. Su expresión era un tanto aniñada, dulce. Sus ojos cerrados me inspiraban amor, alineados con sus labios. Su cuerpo en posición fetal, me invitaba a acariciarlo, pero él no resistía las cosquillas que provocaban mis dedos. Ese cuerpo, tan grande, tan pequeño. Tan preciosamente recostado, sujetándome la cintura ahora, como si miedo tuviera, ese hombre que ahora es niño y no lo sabe, ese hombre que me ama y lo grita al mundo. Ese ser, que pareciera ser diferente en horas distintas...ése, es a quien amo. No me resisto, su frente me invita a surcar un beso, suave, lento...cierro los ojos, los aprieto con gran fuerza...me recuesto nuevamente y choco con sus pupilas.
Está despierto, (o eso creo) suspira una palabra bonita mientras se acurruca sobre mi minúsculo pecho. Siento su calor, su boca me besa, justo donde llega, en algún centímetro de piel.
Y entonces veo que brillo, estoy llena de estrellas. Al fin el grito se hizo carne, soy noche junto a él.