domingo, 19 de enero de 2014

Efecto climático.

Siempre hay tormentas. Siempre después del sol. 
A veces, uno sabe que las cosas van demasiado bien y no se imagina que días después una tormenta va a caer. Uno no lo decide, no lo calcula.
Es por eso que sé que algo anda mal. No siempre, no hoy, no mañana, pero si de vez en cuando. Cuando estar acompañada se vuelve molesto, cuando la música toca tus puntos débiles y lo único que queres escuchar es puro silencio, cuando, cuando simplemente no podes vivir el momento. Cuando nada de lo que haces te hace feliz. Cuando no podes elegir. Ni vivir. Es ahí cuando algo anda mal.
Porque uno puede disimular perfectamente, decir que todo va bien, que no le duele nada... uno puede resistir varios días, semanas tal vez, pero llega un punto que el dolor se vuelve tu propia persona. Se adueña de vos y se transforma en tu día a día. Te consume, te reprime, te encierra dentro tuyo y se adueña de tu ser, y no te deja ser libre.
Es por eso que siempre hay tormentas, porque uno no puede vivir con el dolor atado a su cuerpo, a su alma. Uno necesita ser libre, ver el sol, vivir el momento... pero, al menos por ahora, la tormenta sigue ahí, formándose por dentro. Creo que en cualquier momento volverá a llover.

domingo, 12 de enero de 2014

Explosión.

Amarte me vuelve fuerte y a la vez me destruye.
Amarte es una fuerza interior, que quema y en el reflejo de tus ojos se intensifica, se vuelve imponente, me aterroriza; me desmorona.
Lo que siento es la barrera a la eternidad que tanto nombro cuando digo 'te amo', porque mi único deseo estando a tu lado es un amor terrenal y pleno, enredándome a tu espalda, creciendo fugazmente hasta la orilla de tu boca, explotando en millares de besos y en kilómetros de caricias.
Es por eso que amarte me quiebra; porque por dentro estallo a cada susurro, a cada toque sobre tu extensa piel... y vuelvo a surgir de los escombros para sucumbir ante tus labios una y otra vez.

miércoles, 8 de enero de 2014

Sueño de una noche de verano.

Ya es tarde y no puedo dormir. El insomnio se ha instalado en mí. Estiro mis piernas, muevo mi cuello; miro mis manos, observo el techo. Nada. Mil cosas atraviesan mi mente en una fracción de segundo; mil cosas menos sueño.
Al fin me siento, abatida y algo frustrada por el desvelo. Me falta el aire. Abro la ventana con movimientos torpes... veo una sombra.
Me asusta.
Aquella sombra está sobre la medianera frente a mi vista. Allí donde se establece el límite entre mi morada y la de mis vecinos de junto. No es tan grande, pero si lo suficientemente oscura como para estremecerme y asombrarme.
De a poco y con movimientos lentos, comienza a crecer. Me acecha. Sabe que la observo y se vuelve inmensa.
Siento ansiedad, estoy perpleja. Sin quererlo, provoco un ruido, me maldigo por dentro, y dos ojos se encienden en esa sombra. Aquellos círculos rojos, fulgurosos, incandescentes, son capaces de hervirme la sangre y helarme el cuerpo.
Rápidamente, y cual niña de diez años, me cubro con las mantas de mi cama, como si fueran un escudo, un fuerte, una salvación a aquel temor que atravesaba cada célula de mi ser.
Me siento segura, y aunque pienso y soy consciente de que aquella mancha con fuego en los ojos, se acerca cada vez más, estoy tranquila.
Cierro los ojos. No pienso, no pienso. No quiero, no puedo. Junto las manos y las aprieto, palma con palma, entrelazando todos mis dedos entre ellos.
Siento como algo aprisiona mis pies y lentamente comienza a atraparme... se vuelve mas pesado sobre mi cuerpo.
La respiración se vuelve más débil... cada vez pesa más y más... es todo lo que recuerdo.  

martes, 7 de enero de 2014

La velocidad de la luz.

Corría, corría. Corría tan velozmente que me transformaba en viento y envolvía ciudades.
Corría, huía, escapaba de mí misma sin ganas de querer mirar atrás.
Brillaba. En el pasado fui luz. Encendía cada sitio y lo sentía único. Sentía.
Algo latía, pero de repente esa luz se volvió oscuridad... y frío... y dolor. 
Fue entonces cuando comencé a correr. Quise buscar la luz, y empecé a caminar hacia otro sitio.
Al principio, allí estaba, despampanante, atractiva, irradiando felicidad. Pero ese fulgor era breve. 
Volvía a correr.
Las luces duraban menos. Sólo mientras corría podía ver como la vida brillaba, como en mi pecho algo latía, como necesitaba respirar, como la sangre se liberaba. No podía parar.
Y seguí corriendo. Conocí muchas tierras y cielos, vi cada noche las mismas estrellas y los amaneceres desde diferentes mares, pero nunca me detuve.
De repente, sin dudarlo, frené. Me quedé quieta, me eché en el suelo, y comencé a reír. Reí, reí tan fuerte, que de mi garganta afloró luz, inesperada, completamente perfecta. Brillaba... de nuevo, brillaba. Dentro mío, estaba escondida esa luz.
Dejé de correr. 
Dejé de huir.
Comencé a vivir.
Fui luz en la risa.