Fue una noche oscura de invierno. El invierno no me sacudía de los huesos, pero en la piel podía sentir que algo de frío me acariciaba. Quizás por eso quise contemplar la noche estrellada, quizás porque tenía los huesos libres de ataduras.
Me senté en una vereda cualquiera, la gente pasaba caminando con sus pasos trémulos, por aquellas calles que demandan caminarlas suaves y lentas. Me miraban al pasar, eran ráfagas de pupilas sigilosas que se posaban un instante en mí, contemplando las estrellas, sus pasos, las luces, el invierno. Y entonces la vi.
Caminaba a destiempo entre tanto temblor de paso breve y acelerado. Se mecía por la calle, cual hoja atrapada por remolino de viento, como si quisiera robarle el azul profundo al cielo.
Sabía que sus ojos risueños no pertenecían a nadie. Porque así son esas personas, aquellas que se dejan llevar por el aire, como queriendo arrebatarlo todo, sólo para saber como se siente, y luego devolverlo todo a su lugar, sintiéndose mágicos para siempre por haberle sacado un poco de su fuego al sol, o la calma al mar del verano.
Ella no era de nadie, siquiera de ella misma. Era de su propio latir, de su propia pasión.
La amé.
Desde aquel instante que la vi supe que la amaba. También supe que era fugaz, que eso era todo, el principio y el fin.
Un rubor le acaloraba las mejillas, y ahí envidié al mismo frío por poder rozar sus mejillas.
Y entonces sucedió. No fui consciente de cuanto tiempo exacto me perdí en su danza de viento, ni cuanto tiempo abandoné mi admiración por las estrellas. Sus ojos se cruzaron con los míos y no fue una simple mirada. Me anclé a sus ojos, y fue evidente que su hermosura lo supo. Sacudió su mano y fui condescendiente al saludarla de la misma forma. Quise hablarle, pero siguió tratando de alcanzar la luna, en su ráfaga de viento.