miércoles, 8 de enero de 2014

Sueño de una noche de verano.

Ya es tarde y no puedo dormir. El insomnio se ha instalado en mí. Estiro mis piernas, muevo mi cuello; miro mis manos, observo el techo. Nada. Mil cosas atraviesan mi mente en una fracción de segundo; mil cosas menos sueño.
Al fin me siento, abatida y algo frustrada por el desvelo. Me falta el aire. Abro la ventana con movimientos torpes... veo una sombra.
Me asusta.
Aquella sombra está sobre la medianera frente a mi vista. Allí donde se establece el límite entre mi morada y la de mis vecinos de junto. No es tan grande, pero si lo suficientemente oscura como para estremecerme y asombrarme.
De a poco y con movimientos lentos, comienza a crecer. Me acecha. Sabe que la observo y se vuelve inmensa.
Siento ansiedad, estoy perpleja. Sin quererlo, provoco un ruido, me maldigo por dentro, y dos ojos se encienden en esa sombra. Aquellos círculos rojos, fulgurosos, incandescentes, son capaces de hervirme la sangre y helarme el cuerpo.
Rápidamente, y cual niña de diez años, me cubro con las mantas de mi cama, como si fueran un escudo, un fuerte, una salvación a aquel temor que atravesaba cada célula de mi ser.
Me siento segura, y aunque pienso y soy consciente de que aquella mancha con fuego en los ojos, se acerca cada vez más, estoy tranquila.
Cierro los ojos. No pienso, no pienso. No quiero, no puedo. Junto las manos y las aprieto, palma con palma, entrelazando todos mis dedos entre ellos.
Siento como algo aprisiona mis pies y lentamente comienza a atraparme... se vuelve mas pesado sobre mi cuerpo.
La respiración se vuelve más débil... cada vez pesa más y más... es todo lo que recuerdo.  

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