martes, 7 de enero de 2014

La velocidad de la luz.

Corría, corría. Corría tan velozmente que me transformaba en viento y envolvía ciudades.
Corría, huía, escapaba de mí misma sin ganas de querer mirar atrás.
Brillaba. En el pasado fui luz. Encendía cada sitio y lo sentía único. Sentía.
Algo latía, pero de repente esa luz se volvió oscuridad... y frío... y dolor. 
Fue entonces cuando comencé a correr. Quise buscar la luz, y empecé a caminar hacia otro sitio.
Al principio, allí estaba, despampanante, atractiva, irradiando felicidad. Pero ese fulgor era breve. 
Volvía a correr.
Las luces duraban menos. Sólo mientras corría podía ver como la vida brillaba, como en mi pecho algo latía, como necesitaba respirar, como la sangre se liberaba. No podía parar.
Y seguí corriendo. Conocí muchas tierras y cielos, vi cada noche las mismas estrellas y los amaneceres desde diferentes mares, pero nunca me detuve.
De repente, sin dudarlo, frené. Me quedé quieta, me eché en el suelo, y comencé a reír. Reí, reí tan fuerte, que de mi garganta afloró luz, inesperada, completamente perfecta. Brillaba... de nuevo, brillaba. Dentro mío, estaba escondida esa luz.
Dejé de correr. 
Dejé de huir.
Comencé a vivir.
Fui luz en la risa. 

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