jueves, 5 de diciembre de 2013

Anastasia.

Se vuelve a consumir. Otro cigarro quita su dolor. Lo apaga en el cenicero y aunque es temprano, se acuesta sobre su cama tendida a mirar el atardecer.
Se consume una vez más. Se abraza a si misma, porque necesita quererse y no lo logra. Llora, pide, ruega a un Dios que no sabe si la escucha, si la entiende, si la podrá perdonar.
Se abraza y siente sus huesos. Sus dedos rozan sus costillas, sus caderas. Están ahí y pueden sentirlos, sus huesos, sus pecados, sus remordimientos, sus temores. Todo.
Cae la noche, muere otro día. Sufre en silencio, disfruta el saber que cada día pierde más, duele más y quiere más. Es que ella sabe que está mal, sabe que hace daño. Pero todo lo que uno disfruta lastima, y marca. 
Se duerme y deja de sentir. 
El sol sube, la luz vuelve, todo parece haber sido una crisis, solo un mal momento. 
Se mira al espejo, le sangran los ojos. Se cubre con las manos para no ver. Seca esas lágrimas, se maquilla otra vez. Sale por la puerta y su cuerpo se sigue haciendo mas chico, las cenizas mas grandes. Todo se acumula en sus hombros y en su mente, pero nunca en sus caderas.
Se sigue consumiendo, y al rededor, solo el dolor es su sonrisas. Solo sentir sus huesos la hace feliz.

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