viernes, 3 de julio de 2015

Siesta.-

Nuestras espaldas rosaban, sentía cosquillas. Saltaste sobre mí para inundarme de caricias y besos, nadie como vos sabe hacerlo mejor.
Lograste evadir todo ruido molesto y papel desparramado de esta gripe que me sorprendió a comienzos de semana, y me ancló a la cama pesarosa. 
Fue necesario un par de horas para que me extrañaras y empezaras a buscarme y me encontraras. Y me cuidaras. 
Guardián guerrero, siempre a mi lado.
Te acurrucaste a mi lado y el sol comenzó a caer. Tu espalda me acariciaba tímida pero constante. Relajada.
Juntos, posando la cabeza sobre la almohada, lograste conciliar mi sueño con tu simple calor, y me di cuenta, te extrañaba acá, conmigo. 
No pierdo momento para abrazarte, no pierdo instante para decirte lo mucho que te amo. 
No pierdo el momento para acurrucarme con vos y soñar un rato, nunca más.
Un beso algo áspero en la frente, y con una sonrisa, la siesta había terminado.
Ambos miramos por la ventana lo azul que se había puesto el cielo, mientras mi mano acariciaba detrás de tu oreja, e incesante entrecerrabas los ojos en ese azul profundo, cada vez, mas profundo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario