martes, 4 de febrero de 2014

Bomba de tiempo.

Sentía en mis cienes como latía. Era un reloj que me jugaba en contra y no podía detenerlo.
Ir a un mismo punto y volver, era todo lo que hacía en mi rutina. Ansiaba desesperadamente llegar a mi casa y dormir. Sólo; si, sólo.
Cerrar las puertas, apagar las luces y olvidarme de todo con lo que lidiaba en mi vida diaria, en lo cotidiano. Encerrarme, olvidar quizás.
Pero hay cosas que uno se va aprendiendo, y una de esas cosas, tal vez la mas importante, es que no podemos huir. Si hay algo que está mal, no podemos dejarlo atrás. Es como si eso malo estuviera pegado a vos y la única manera de sacartelo de encima es enfrentandolo.
Algo estaba mal, se había pegado a mí, que no importaba cuantas horas durmiera, ni que tantas horas me desvelara, ni que tan fuerte riera, siempre estaba ahí. Pero no quería enfrentarlo. Así que empecé a sentirlo.
Algo dentro mío sentía que estaba, pero lo callaba, y ya no importaba.
Empezó a latir. Cada vez más rápido, como si fuese a explotar. Comenzó pareciendose a unos pasos pacíficos, y terminó pareciendose a un tren, a toda velocidad, sin frenos, sin detenerse.
Tenía miedo. De verdad tenía miedo. No entendía que sucedía. No entendía el por qué. Si había hecho algo, o nada, si había olvidado algo... no lo sabía.
En un instante, dejó de latir dentro de mi cabeza. Ya no estaba allí, no había sonido... pero todo estaba oscuro... había explotado, había terminado.

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