lunes, 21 de julio de 2014

Pesadilla.

Está oscuro, demasiado oscuro. Pasaron pocas horas del día, pero está totalmente oscuro. Atravesar la puerta, es un miedo constante, pero lo haces. Y sigue oscuro.
Comienzas a andar, hace frío, los huesos te duelen, la cara te quema, las manos se endurecen. No importa. El oxígeno se hace hielo, sentís que te arde hasta la sangre, pero seguís caminando. Una cuadra menos.
Levantas la vista intentando distraerte de ese invierno cruel que se pega en tu cuerpo, y te das cuenta de otra cosa... los árboles, los árboles son animales, se agitan primero suavemente, imperceptibles, casi como intentando tocarte. Te aterra. Paras. Giras en círculos y vuelves a mirarlos. Ahora son rudos, son malos, bestiales, dañinos; se sacuden tan audaces y violentos que algunos logran atraparte, rozarte, azotarte con sus brazos, sus hojas, sus ramas. Dos cuadras menos.
El aire empieza a entrecortarse; vuelves a detenerte, te apoyas sobre tus rodillas... uno, inhalo, dos, exhalo, tres, inhalo, así, hasta diez. Te calmas, pero el aire no vuelve, la cabeza te da vueltas y los árboles siguen intentando secuestrarte. 
Recobras la postura con los ojos cerrados, levantas más la cabeza, y recién ahí los abres... empeora. Mil puntos. Mil puntos, un millón de puntos, incontables, incansables, ansiosos, abrazadores, mirándote, hostigandote, a cada paso, a cada centímetro... no, no, no. No las estrellas. No. Respiras bocanadas de aire, tu nariz no es suficiente, y te sientes acosada. Corres. Las estrellas siguen fijas, como increíbles ojos sin parpadear, que te observan a cada movimiento, te persiguen, no te tocan, pero tampoco dejan de mirarte. Solo una cuadra más. 
Tropiezas, increíblemente con una rama ubicada de manera estratégica en el suelo. No pudo atraparte. Pudo lastimarte. 
Tu cabeza retumba, dura, sólida, contra el asfalto. La espalda duele, las manos se paralizan, el aire es sumamente escaso y ahora, la visión, en la oscuridad, es nula. SOLO ES UNA CUADRA MÁS.
Con esfuerzos increíbles, estás de rodillas, mirando hacia atrás, donde yacen cercanas las cuadras que atravesaste. Esa sensación de que te siguen, sin importar cuan lejos estés, es cierta. Te siguen. Están detrás de tu espalda, a cada rápida mirada podes sentirlo... podrías verlo, pero no ves. 
Logras ponerte de pie, y sin sentido, corres, corres, prácticamente ciega, renga, sin aire, con los pies dormidos, con la espalda lastimada.
Haces un último esfuerzo y tu vista te regala, frente a vos, a solo unos metros, la salvación. Una puerta. Lo lograste. 
Te detienes, estás agotada, realmente agotada... sientes un mareo absoluto. Las piernas, dejas de sentirlas y caes de cara al suelo... te ahogas, el aire no llega a tus pulmones... pierdes la conciencia, te desmayas... tal vez, mueres. 
Boca arriba, el aire vuelve, la vista, las manos y las piernas se sienten. Todo es calma, ya no está oscuro. El mundo dejó de atacarte. Sólo fue otro mal sueño.

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