viernes, 15 de agosto de 2014

Sky.

Puede que ver el cielo sea liberar mi alma. Siempre tuve esa afición por mirarlo; de día, me gustaba ver el azul-celeste que invadía la vida, como si fuera un pañuelo de seda, perfecto, suave, intocable. Tan lejano parecía, que más deseaba tocarlo. En las noches, ese pañuelo, bajaba al océano y se teñía de sus más oscuras profundidades, se adornaba de pequeños fuegos, y brillaba durante muchas horas, eternas. Me gustaba creer que esas luces eran mis deseos, mis sueños, mis esperanzas.
Cada vez que me sentaba en algún lado y miraba hacia arriba, lo único que podía pensar era en eso, en lo que veía, en la nada, en todo.
Me gustaba sentarme en las alturas y observar como el día se iba fundiendo con el cielo, como se unían, como dos cuerpos que se juran plenitud en un mismo acto, unidos sólo por el hecho de saber, que sin el roce de uno, el otro se vería perdido; unidos sólo por su inmensa quietud o su dolor. Por todo ello que no pueden decirse pero si expresar cuando se unen.
Me cuelo bajo sus pieles y me paro en sus huellas. Puedo ser cielo, día y noche. Puedo ser un abismo, o la plenitud del mar, la oscuridad del océano. Puedo ser cualquier cosa que ellos me dejen, un claro puro y calmo, un claro alborotado de nubes, un rojo fuego, ardiente y febril, o un azabache, oscuro, brillante, con pintas de plata al rededor... puedo ser lo que ellos quieran,   porque SER es lo único que puedo hacer en mi vida.

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