domingo, 8 de febrero de 2015

Noches de temblores.

Y en el medio del desvelo, entre toda la asfixia y el revuelco de mi espina dorsal, recordé. Recordé que las noches también dan miedo y que el viento apabulla mentes con su aire revoltoso, que trae momentos viejos al presente, que no sólo pueden paralizarnos, si no también dejarnos en vela. Recordé que los cuerpos, amorfos, sedados como por un extra de satisfacción, pueden arrancarnos mas sonrisas y sueños en la mente, que un beso lujurioso. Pude sentir, como vívido presente cómo el sol también hubo de quemar mi piel, cómo hubo de molestar a mis ojos, cómo en momentos lo adoré por ayudarme a distraer esta mente un tanto paranóica y como dias lo detesté por estar privada de su belleza.
Cuando el cuerpo sucumbe, ya no recordaremos nada, ni cuanto amamos caminar bajo la lluvia que parece derretir nuestro cuerpo, cómo odiamos no poder abrazar a alguien algún tiempo, cuanto extrañamos el olor a otoño, ni cuanto añoramos un beso...porque cuando el cuerpo cede, cuando al fin se entrega al placer del mundo onirico, ya nada importa y nuestro cuerpo parece separarse en dos, como un plástico que se despega de una superficie e ingresa a un mundo donde cada fantasía es posible, donde lo real es ahora lo que, en el fondo, reprimimos.
Y ya nada asusta, y el cuerpo no se sacude, puede al fin descansar.

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