Quería escribir, tenía la mente cargada.
Hice el esfuerzo de sacar las manos de los bolsillos, sentí los dedos entumecerse mientras esperaban bamboleantes sobre el teclado. Nada.
Busqué entre archivos viejos, quizás podría subir algo que había escrito hace años. Nada.
Estaba en una encrucijada, si dejar fluir mi mente o seguir apretando las sogas que la rodeaban y controlaban.
Sentía allí que algo no dejaba que respirase, y eso me volvía mas ciega aún. El frío comenzaba a subir por mi cintura, cruelmente desvestida, y llegaba a hasta mi cuello que tironeaba en cada movimiento inadecuado.
Quería escribir, mi corazón latía fuerte. Estaba escondiendo cosas al mundo, a mis cercanos, a mí misma. Seguía oprimiéndose mi pecho hasta dejarme boquiabierta, jadeante, rogando un poco de libertad.
Necesitaba escribir porque estaba enojada, y triste, sola y acompañada, y hacía frío y era tarde, tenía insomnio y estaba asqueada de todo.
Tenía esas inmensas ganas que te invaden, y que de la nada se apoderan de tu cuerpo y hacen todo. Se desangran sobre hojas, apuñaladas por tantas palabras que, no sabíamos, estaban adentro nuestro. Se desquitan y envenenan todo, lo escupen, y se relajan. Caen libremente, planeando y mirando lo que hicieron desde lejos, regocijando de placer por haberse deshecho de todo eso que tenían dentro y que concientemente no podías hacer. Son asesinas, liberadoras. Son palabras.
Quería escribir. Necesitaba hacerlo. Lo reprimí, me reprimieron. Cerré, abrí los ojos.
Mi mente vacia.
Hice el esfuerzo de sacar las manos de los bolsillos, sentí los dedos entumecerse mientras esperaban bamboleantes sobre el teclado. Nada.
Busqué entre archivos viejos, quizás podría subir algo que había escrito hace años. Nada.
Estaba en una encrucijada, si dejar fluir mi mente o seguir apretando las sogas que la rodeaban y controlaban.
Sentía allí que algo no dejaba que respirase, y eso me volvía mas ciega aún. El frío comenzaba a subir por mi cintura, cruelmente desvestida, y llegaba a hasta mi cuello que tironeaba en cada movimiento inadecuado.
Quería escribir, mi corazón latía fuerte. Estaba escondiendo cosas al mundo, a mis cercanos, a mí misma. Seguía oprimiéndose mi pecho hasta dejarme boquiabierta, jadeante, rogando un poco de libertad.
Necesitaba escribir porque estaba enojada, y triste, sola y acompañada, y hacía frío y era tarde, tenía insomnio y estaba asqueada de todo.
Tenía esas inmensas ganas que te invaden, y que de la nada se apoderan de tu cuerpo y hacen todo. Se desangran sobre hojas, apuñaladas por tantas palabras que, no sabíamos, estaban adentro nuestro. Se desquitan y envenenan todo, lo escupen, y se relajan. Caen libremente, planeando y mirando lo que hicieron desde lejos, regocijando de placer por haberse deshecho de todo eso que tenían dentro y que concientemente no podías hacer. Son asesinas, liberadoras. Son palabras.
Quería escribir. Necesitaba hacerlo. Lo reprimí, me reprimieron. Cerré, abrí los ojos.
Mi mente vacia.
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