viernes, 2 de mayo de 2014

Enfrascada.

Estaba encerrada. Abrí los ojos y me vi, mi reflejo, tan cercano, tan ilusión.
Estaba rodeada, podía ver mi respiración.
Volví a ver mi reflejo, tan deshecho y corroído, que quise tocarlo, pero no podía moverme.
Estaba enfrascada. Aislada. Tan cerca de mi misma, que sentía mas terror de estar dentro de ese cilindro, que la selva de cemento misma.
El oxígeno seguía transformandose, tornandose tan denso, que hasta dejé de verme. Eso que tanto odio me daba, ahora desaparecía... ¿O acaso era yo la que se desvanecía, poco a poco? ¿Era aquel reflejo lo que aborrecía, o era la verdad, la escencia de esa imagen lo que tanto asco me daba?
Dejé de ver. El aire era tan denso... Estaba a punto de desmayarme cuando una fuerza salió desde el fondo. Volví a luchar. Necesitaba salir.
Mi cuerpo despertó de ese estado de paralisis y comencé a empujarme, golpeaba los lados. No importaba lo diminuta que fuera, ni el miedo, dolor, odio, ni otro sentimiento me invadiera. Nada iba a sacarme la posibilidad de alejarme de eso que tanto me ahogaba. Así que lo rompí.
Rompí esa prisión de vidrios.
Golpeé contra el suelo, y el dolor generó tanto placer, que no importaba. Era inmune.
Me levanté del suelo. Que lindo era respirar! Y el Sol! Corrí. Corrí lejos. Tanto que ya no distinguía horizontes ni suelos.
Estaba encerrada. Abrí los ojos... ¿O los cerré?

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